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-Fergranadino

martes, 23 de marzo de 2010

Ibra, en el laberinto

Hay tal unanimidad acerca de Messi en el mundo entero (salvo, probablemente, en Argentina) sobre que más que futbolista ya es un personaje de la literatura en busca de adjetivos que le cuadren que resulta menos ocioso, aunque también más prosaico, hablar de Ibra. El delantero sueco llegó para hacer olvidar a Eto’o y aportar nuevas alternativas a un juego hermoso y eficaz, pero excesivamente estudiado por los rivales. Ibra añadía un plus de corpulencia, una habilidad técnica extremada y la capacidad, comprobada en el Calcio, de manufacturar buenos goles. Pero pasan las semanas e Ibra se hunde cada vez más en el pozo del goleador frustrado sin encontrar más luz que la del penalty gustosamente cedido por un compañero inteligente.

A base de buscar explicaciones hemos acabado por no encontrar ninguna que satisfaga completamente la curiosidad pública. ¿Qué le pasa a Ibra? Probablemente, después de sesudas notas y alambicados razonamientos tácticos debamos concluir algo tan simple como que está pasando una mala racha. Mala y larga. No es el primer delantero centro aquejado de semejante virus. Apenas hace un año, el hoy recordado Eto’o (cuya temporada en el Inter tampoco es gloriosa) transitó por la Liga sin marcar un solo gol durante cinco espesas semanas. Fue sustituido en algunos partidos y se mostró angustiado, sin recursos para escapar del laberinto en que se agitaba. ¿Qué le ocurría a Eto’o? Lo mismo que a Ibra, lo mismo que cuando peleaba (y perdía) por el Pichichi contra Forlán. Angustia, ansiedad, agarrotamiento, obsesión. Llámenle por el nombre que deseen: la realidad es que el principal enemigo del delantero centro vive en una pequeña habitación húmeda y oscura llamada cerebro y que sólo venciendo en ese habitáculo consigue el goleador zafarse de las ataduras.

A Ibra le sucede algo similar. Es probable que haya más factores, de carácter táctico, de adaptación o personales. Pero lo indudable es que juega angustiado y no hay futbolista capaz de rendir si no está liberado. Desde luego, no cabe culpar a nadie de semejante problema ni tampoco citar a ningún gurú para que lo resuelva: el problema se arreglará en cuanto se relaje y enchufe un par de goles. Eso ocurrirá. Más pronto que tarde y el debate pasará a otros ámbitos. Sucedió con Eto’o y ocurre con Higuaín en Madrid. No hay goleador ajeno a este virus y, como en los estados griposos, la receta consiste en tener paciencia y confiar en que el tiempo lo cura todo.

¿Paciencia a estas alturas de temporada, a sólo nueve semanas de la meta final? Pues sí. Los entornos también juegan y en el fútbol de élite las diferencias están en los detalles. Arropar a Ibra para que salga de su laberinto puede ser decisivo.

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